Nota de la editora
Decidí escribir este curso sobre la literatura y el cine del mundo hispanohablante después de enseñar el currículo de Intrigas. Había obras que me encantaban dentro de ese currículo, como “Hombres necios” de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695) y “Chac Mool” (1954) de Carlos Fuentes. También noté que faltaba algo en cuanto a la distribución de las obras a lo largo del currículo: de un total de casi treinta obras, ocho son de España, ocho de Argentina y siete de México. Esto constituye más de dos tercios de un currículo sobre la hispanofonía que excluye a más de la mitad de los países hispanohablantes. Entiendo que el canon literario depende de criterios distintos para decidir qué obras constituyen bellas artes y cuáles pueblan los currículos de literatura. Quise compilar un currículo que incluyera voces que muchas veces son excluidas del canon, y demostrar que es posible construirlo de una manera que reconozca y presente la diversidad del arte que se hace desde América Latina, Guinea Ecuatorial (en África) y España. Es decir, quise construir un currículo más contemporáneo.
Al mismo tiempo, la idea aquí no es coleccionar obras de cada país solo para tachar una lista de representación, y lograr esta representación supone que solo podemos estudiar una, tal vez dos, obras de cada país también. No quiero dar la impresión de que las obras seleccionadas son completamente representativas de los países de donde vienen. Sería genial estudiar a fondo la obra de cada región para entender bien los matices de su literatura y su cine. Desde este currículo podemos empezar ese tipo de estudio, o profundizarlo.
Lograr la representación igualitaria de todos los países hispanohablantes tiene sus complejidades, porque la representación pocas veces consiste en asignar simplemente un autor a una categoría. Por ejemplo, las autoras Amanda Castro y Keila Vall de la Ville escriben desde y sobre los Estados Unidos, aunque son de Honduras y Venezuela, respectivamente. Por eso, su obra, además de ser hondureña o venezolana, es también estadounidense, lo que podría significar que los Estados Unidos están sobrerrepresentados en el currículo, ya que además tenemos dos obras de Puerto Rico (lo que le da a EE. UU. cuatro de los treinta lugares, mientras que ningún otro país tiene más de dos obras en el currículo). Sin embargo, quise reconocer la realidad de los Estados Unidos como país hispanohablante en todo su territorio, no solo en Puerto Rico. Por otra parte, uno de los primeros países que quise añadir al currículo fue Guinea Ecuatorial, país africano que fue colonia de España hasta los años 1960 y que nunca he visto incluido en un currículo de español en los más de veinte años que llevo estudiando el idioma.
Este deseo de representar la hispanofonía de América Latina según un mapa político de países, sin embargo, entra en tensión con otras formas de entender cómo se dividen los pueblos y las culturas. Belice, por ejemplo, está incluido en este currículo a pesar de que no siempre se reconoce como país hispanohablante, ya que allí se habla más inglés y un inglés criollo. También quise incluir a pueblos indígenas, cuyos territorios no siempre coinciden con las fronteras de los países reconocidos internacionalmente.
En cuanto a la representación por género, el femenino aparece 18 veces entre autoras y directoras del currículo, el masculino 13 veces, y una vez una persona travesti. Abordamos la identidad travesti en nuestra unidad sobre la verdad, y el amor lésbico en nuestra unidad sobre el amor. En cuanto a los temas, cubrimos el racismo, la violencia contra las mujeres y la homofobia, con personas indígenas hablando de la tierra en nuestra unidad sobre el mundo natural, y mujeres negras escribiendo sobre el difícil tema de la esclavitud en la unidad sobre el cuerpo. De hecho, todas las obras en la unidad sobre el cuerpo se escriben desde el punto de vista de alguien que se presenta como mujer. No quiero reducir a las mujeres negras a la esclavitud ni a las personas indígenas a su relación con la naturaleza, pero tampoco creo que sería justo abordar temas como el cuerpo y la naturaleza sin estas perspectivas.
La obra de este currículo es, a veces, bastante oscura. No he leído lo suficiente de la literatura de América Latina, Guinea Ecuatorial o España como para saber si es porque la literatura del mundo hispanohablante es, sobre todo, oscura, o porque yo estoy seleccionando obras oscuras. Lo que sí sé es que la historia de estas partes del mundo sí es oscura, marcada por colonización, dictaduras, explotación y lo que muchas veces es un machismo muy fuerte. No he intentado evitar estos temas en las obras que he investigado aquí, pero sí he intentado contextualizarlas bien y presentarlas con respeto y curiosidad.
Con eso quiero decir que este no es un currículo para quienes buscan una introducción ligera a las letras hispanas. Sobre todo, las obras aquí no median la violencia, la presentan tal cual, sin la estructura de cuento de hadas que ofrece una resolución moral clara al final. Tampoco se organizan alrededor de dicotomías morales simples y cómodas del norte imperial, como fascismo contra democracia, donde es fácil identificarse con “los buenos” y el mal muchas veces se reduce a un estereotipo unidimensional.
Este currículo es más para quienes buscan estudiar cómo la literatura y el cine hispanohablantes representan la violencia y el sufrimiento de manera directa, sosteniéndole un espejo a la sociedad, sin suavizar en el reflejo sus contradicciones, sus matices, ni su red de interconexiones. Las obras piden que el público mismo enfrente esa imagen directamente también, tal como es.
La mayoría de las obras que tenemos aquí son contemporáneas, del siglo XXI, aunque sí hay dos del siglo XX. A partir de estas obras contemporáneas podemos estudiar cómo los pasados dolorosos siguen afectando el presente.
No sé si tengo el derecho de responsabilizarme por la representación en las letras hispanas, pero sí veo que esta representación es necesaria, incluso si eso saca a la luz lo que, en conjunto, son historias tristes y violentas.
Lo que sí puedo decir, al menos en cuanto a México, donde soy inmigrante (de privilegio) proveniente de los Estados Unidos, es que, mientras las artistas hispanas trabajan con temas oscuros, México es un pueblo muy alegre. Tal vez esta contradicción sea parte de la belleza de las culturas hispanohablantes: la capacidad de enfrentar realidades tan difíciles precisamente a través de la literatura y el cine, sin por eso perder su alegría.
Alaina Brandt
15 de septiembre 2026